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jueves, abril 26, 2007

 

Te espero en Gitanillo de Triana con Antonio Bienvenida.


Después de pasar un par de días por la Feria con mayúsculas, vuelvo a Madrid con exceso de dosis “sevillanística” que espero que dure por lo menos un mes. Flipo con la gente de allí. Entiendo que algun@ se cabree con razón, pero no logro entender cómo tienen la vergüenza de reconocer que empalman la Semana Santa con la Feria y la Feria con el Rocío. Y juro que, aunque todos dicen trabajar esta semana, creo que como mucho van dos horas a la oficina para tomar un café que les quite la resaca de rebujito del día anterior. Y vuelta a empezar hacia el Real. Ya me decía mi abuela que tanta animadversión hacia Andalucía acabaría en boda… y si pudiera repetírmelo hoy se lo seguiría negando con mucha más convicción que cuando era más joven… Y es que la juerga permanente está bien… por un ratito.

Y es que no puedo con la cultura ferial, el finito y el cante. Entiendo que es su modo de vida, pero prefiero muchas otras formas con las que llego a divertirme infinitamente más. Y es que la Feria, la de Sevilla, consiste fundamentalmente en eso. Bueno, y también en destrozar los zapatos y el bajo de los pantalones con el zotal que el Ayuntamiento se afana en distribuir, diluido con agua, para disimular los “regalos” que los pobres caballos van dejando a su paso entre las casetas. Y en ver cómo mujeres y hombres se engalanan para gustarse más (aunque este año vi bastante más pantalones vaqueros que me hacen pensar que la Feria no es lo que era)

Cada uno que se divierta como quiera. No me meto. Pero yo no lo paso bien, aunque por mi trabajo tenga que ir. No entiendo “el pedo por el pedo” ni el machismo que se sigue respirando en las casetas más privadas. Flipo con las falsedades y puñaladas que cortan el aire como un cuchillo. Pero como cualquier cultura, debo respetarla y por eso jamás me enfrento. También me recomendaba mi pobre abuela que “donde fuera hiciera lo que viera”, así que, sin amargar la vida a nadie, me fui pronto hacia el hotel. Tengo buenos amigos que viven allí, y no quiero perderlos bajo ningún concepto. Pero un lavado de cara a la ciudad no le vendría mal. Será cuestión de años.. o de siglos.

Acabo de llegar del dentista, después de haber pasado la itv anual. Salvo el cambio de un pequeño empaste por rotura, todo lo demás está impecable. Y después de la limpieza, me siento como un hombre con boca nueva. Un blanqueamiento no me vendría mal, pero me insisten en que debo hacer el de casa conjuntamente con el láser de la clínica para que se me note de verdad. Y eso de ponerme la prótesis toda la noche con una pastas con sabor a no se qué, como que me da pereza. Me imagino que con el tiempo , y con lo que tengo que sonreir por mi profesión, terminaré cediendo y podré lucir un blanco colón que deslumbre al personal . Será mi pequeña contribución al cambio radical.

jueves, abril 19, 2007

 

Cambio Radical


Este país avanza a ritmo vertiginoso. Cualquiera diría hace diez años que Valencia iba a brillar internacionalmente como en los días pasados con figuras tan mundialmente conocidas como Demi Moore o Miuccia Prada . Pero como en todos lados, el polvo siempre se mete debajo de la alfombra y lo que la gente de la calle vemos difiere bastante de la realidad. La fiesta de Prada resultó ser un fracaso y alguna cabeza caerá antes de que acabe la floración de los almendros. Y si no, al tiempo.

Según me cuentan mis amigos, invitados al evento donde estaba media España (pese a su aparente jubilación, Jean Louis Mathieu sigue teniendo la mejor lista de vips de la nación y el mejor poder de convocatoria), la fiesta “pintaba muy bien”. Hasta que llegó el momento de la verdad. El de dar de comer y beber a 500 personas. Porque si se contrata a Rem Koolhas para redecorar un espacio según los cánones modernos, digo yo que también se dará el mejor catering existente en la nación. Pues eso fue. El del Bulli. Y enlazando con mi post anterior, el hambre y la sed brillaron … pero no por su ausencia.

Al parecer las señoras chocaban sus tacones con patadas al esforzarse en llegar a coger una coca cola o cualquier otra bebida con la que apagar su sed (en estos eventos se habla mucho, y claro, la boca se reseca). Un camarero cada cien invitados, debería haber. La misma cantidad proporcionadamente que había de gambas. Creo que el McDonalds se llenó de señoras entrando con sus Manolos y el último bolso –no de mercadillo que nos conocemos- a pedir la triple Big Mac a la salida de tan fastuoso evento. (por cierto que el otro día vi en un escaparate de Cáceres unos zapatos de marca “manolo’s” que difieren bastante de los diseñados por Mr. Blahnik…lo que aquí no inventamos no se inventa en ningún lado).

El caso, que España cambia radicalmente, pero en algunas cosas seguimos siendo unos auténticos chapuzas. Si el evento que organizamos – y de eventos se un poquito- es para 500 personas qué menos que haya 50 camareros y disponer de comida suficiente para alimentar un cuartel. No quiero ni pensar lo que habrá cobrado tan prestigioso catering por la jugada, pero debería poder denunciarse. Y si no, pues no se hace. Que Prada se puede permitir eso y mucho más (aunque la diseñadora ni apareciera a decir hola o simplemente agradecer a los invitados su asistencia porque prefería cenar tranquilamente en la intimidad de la mesa Rita).

Un cambio radical. El otro día tuve ocasión de ver el famoso programa de televisión. Y qué quieres que te diga: que me dio una pena terrible ver cómo a alguien le haces tremendamente feliz consigo mismo y luego tiene que volver a la cruda realidad de su anterior vida y enfrentarse, con nuevas tetas, a fregar las mismas escaleras. A mi eso me parece una putada aunque entiendo que a la gente le guste. La protagonista repetía sin cesar que parecía una modelo, y yo en cambio me la imaginaba de vuelta a su ciudad y con la misma cuenta corriente de siempre. Y es que como decía una ex pareja… “que cuando estemos peor que estemos como ahora”. ¿y tú que opinas del cambio radical?

domingo, abril 15, 2007

 

Calidad vs. Cantidad ¿o Cantidad vs. Calidad?


Sigo con este eterno y absurdo régimen titulado “post haber dejado el tabaco definitivamente ergo coger unos kilitos de más ”. Yo creo que el objetivo ya no es perder kilos sino evitar ganar más a toda costa y así no tener que comprar otros 22 pantalones diferentes. Sabía que ese –el comprar una talla de pantalón superior- era el último paso al que tenía que llegar previo a mi dimisión como persona, pero parece que mi cuerpo sigue diciendo que pasa de mi (que no de mi culo), y sigo con un metabolismo descontrolado después de un año y medio sin el puto vicio. ¡¡Son solo cinco kilos!! (justo aquellos que , en la piscina, evitan pasar de ser un gordo calvo cuarentón a formar parte de los eternamente jóvenes y cañones). Claro que si dispongo de un Photoshop como el de la Preysler de esta semana en el Hola, me quedo como estoy y que me quiten lo bailado.

Hemos tenido que viajar recientemente por placer y por negocio a Barcelona y a Cáceres, sitios aparentemente diferentes y distantes. Pero algo tan divertido – y a veces sacrificado- como viajar, tiene su merecido cuando descubres nuevos placeres gastronómicos donde saltarte el puto régimen y disfrutar del entorno con el paladar a punto de alcanzar un orgasmo. Y justo en este momento de disfrute es cuando más te preguntas si prima la calidad o la cantidad. Porque algunos sitios han hecho de esta simple regla “su política gastronómica”. Esas fueron las primeras palabras del maitre del restaurante Moo en el moderno hotel Omm de Barcelona. “Su codiciada política gastronómica consiste en que todos los platos de la carta son medias raciones para lograr que los comensales prueben el mayor número de ellos”. Además, “por un módico precio” podrán también maridar su plato con el vino adecuado”. Vamos que “con cuatro o cinco platos con persona” ya empezabas a estar “bien servido”. Eso sí, el trato personal estupendo. Y el plato de pan, siempre lleno. Por si las moscas.

La idea, como concepto, es original. Incluso podría a ser exportada a muchos otros restaurantes. Pero cuando la idea se plasma en la realidad, la tomadura de pelo es de tamaño industrial. “Gamba del cantábrico con suave toque de romero y espuma de azafrán”. Cuando el plato aparece ves que es realmente UNA gamba, que el toque de romero solo se aprecia al microscopio, y que la espuma de azafrán desaparece con el primer toque de tenedor. Y sobre todo cuando te llega la factura y ves que la puta gamba son 32,50 euros sin vino y 39,40 con una copa de Tokay….. te dan ganas de meterte en un mcdonalds y disfrutar de un big big big mac….

Tomaduras de pelo las justas. Recientemente estuve en el Citra de Madrid y disfruté como un enano con un menú maridado similar –en concepto- al que nos ofrecieron el otro día. De hecho, lo han elegido restaurante de moda por el New York times . Y es que digan lo que digan, la calidad acompañada de la cantidad…. a eso lo llamo yo estar bien servido, ..., además de bien acompañado.

viernes, abril 06, 2007

 

Enganchado a la vida


Mi primer encuentro con una raya de cocaína fue fugaz, pero muy intenso. Tenía tan solo 14 años y estaba en uno de esos bares casi privados de Madrid pertenecientes a la post movida y que se llamaba Zenith. Estaba en la calle Conde de Xiquena, al lado de la Plaza de Santa Bárbara. Mi minoría de edad, acelerándose irremediablemente hacia la mayoría, me invitaba a conocer personas y lugares prohibidos, como queriendo huir de un mundo que me pintaron del color del cielo. Ahí, además de la coca, descubrí por primera vez que no todo era tan azul, ni siquiera era tan negro. Que la vida podía verse de colores diferentes en cada momento. Y que no debía cegarme al ver cómo A. apareció con un rastro de polvo blanco asomando en la comisura de su boca justo debajo de su portentosa nariz. Fui tan inocente de informarle que se había manchado. Un primer encuentro fugaz pero suficiente para saber dónde no me había llamado nadie y aunque lo hicieran padecería una sordera permanente de por vida...

La movida madrileña no acababa ahí. De hecho, el bar se fue modernizando y la gente, los “modernos del rockola y del Amnesia”, ya no escondían su impulso y se hacían cómodamente las rayas encima de la barra de Marcelo. Luego llegó el Hanoi y el Stella, donde la multitud agolpaba los baños para vivir esos intensos momentos de amargo sabor y eufórico sentimiento. “Por fin un caballo que no engancha” –escuché una vez-. La gente recordaba muy bien esos bonitos picos que destrozaban amigos y familias. Lo que no podían pensar es que también por la nariz se destrozaban vidas completas, historias con un final anticipado. Y se enganchaban como idiotas. “Yo sólo los fines de semana” –oía decir a uno que trabajaba junto a Conde en Banesto- .

Y lo viví de cerca. Con 16 años. A mi lado, diría yo. Con una eterna promesa de “ya no más, prometo que esta será la última vez”. Y unas baldas de cristal en la calle Barquillo repletas de insignificante –para algunos- polvo de coca. Ese amargo sabor que me hacía recordar que aquello no acababa nunca. Y esas visitas a la Plaza de Chueca, hoy irreconocible, a pillar más y más. Y no parecía tener fin.

Mis padres pensando que no salía de Tartufo y de Pachá, y yo contribuyendo a la acelerada muerte cerebral de mi pareja. No sin cabreos de por medio. No sin llorar, muchas veces, con promesas incumplidas. No sin ocultar de nuevo otra raya más, incluso con sus amigos que hoy triunfan en series de televisión. Yo era el malo que prohibía su diversión. Y jamás entendió que lo único que quería era que viviera en libertad, sin tener que estar enganchado a nada ni a nadie.

Después de abandonar la pesadilla (dejé aquella tormentosa relación), la vida quiso darme más, como si no hubiera tenido suficiente. Hice la prestación social en un centro de desintoxicación en Carabanchel. En aquella época se llamaban CAD (Centro de atención al drogodependiente). A pesar de dispensar sólo metadona, un día nos tocó que llamar a la uvi que no hizo sino testificar que el tío que yacía en el suelo del baño estaba muerto. Después de mucho tiempo vi cómo mis amigos cocinaban Ketamina que para llegar, una vez aspirada, a agujeros negros de difícil salida. Incluso viajé a Barcelona con metadona en la maleta. Nunca para mi. Siempre fui iluso y pensé que podía ayudarles a salir de toda esa mierda.

Pero algunos se han ido del todo y ya no habrá forma de hacerles entrar en razón. Otros se han quedado, pero afectados cerebralmente para siempre. Estoy harto de oír que una sola pastilla no puede hacer daño. Cuántos he visto que se han quedado más allí que aquí por una simple pirula de nada.

Esta mañana, saliendo de Mirasierra, tuve otro fugaz encuentro. En su camino hacia el poblado gitano de Pitis (siento poner lo de gitano, pero el tiempo me ha demostrado que este lo es casi en su totalidad), un tío de unos 20 años cruzaba la M40 como si fuera la calle de su pueblo. Esa mirada perdida tan característica sin fijar los ojos en nada, como haciendo ver que la vida le importa una mierda, la misma mierda que se mete por su brazo, por su cuello o por su tobillo. Y me ha hecho pensar de nuevo que hay gente que sigue ganando dinero mientras otros mueren en silencio. Nadie escucha al otro lado. Todo el mundo ensordece. Y yo sigo enganchado, pero a la vida.

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