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sábado, octubre 13, 2007

 

Nos venimos sin la cigüeña


Recién llegado de París. Y sin un hijo debajo del brazo (al menos yo no me he enterado). En vez de bebé, he traído un trancazo (interprétese como catarro grande), que me ha dejado medio sordo, medio mudo y sin apenas olfato. Menos mal que al fin de semana le queda un día para pasarlo en cama sudando. Ya decía mi abuela que los catarros y las gripes duran una semana con medicinas y 7 días sin ellas… así que de momento a aguantarme.

Como cambian las ciudades dependiendo de con quien las veas. La última vez que estuve en París (sólo he estado dos y una de ellas fue solo de paso) fui con mis padres. Y claro, aun viajando de gratis total el romanticismo de la ciudad se ve reducido a su máxima expresión y en cambio surgen otras ventajas propias de la relación paterno/materno/filial como puede ser la de comprarme ropa para el invierno o la de cenar en la mejor brasserie sin preocuparte del coste del vino de Burdeos.

Estos cuatro días han sido diferentes, únicos. Recomiendo ampliamente esta ciudad. Me preguntaba A en nuestro camino hacia el Aeropuerto qué es lo que más me había gustado y qué es lo que menos. Disfruté mucho en el Museo d’Orsey. Me apasiona el impresionismo por acercarse tanto al realismo y en ese entorno (una antigua estación de tren que iba a ser derruida) tiene su punto. Y lo que menos, sin dudarlo ni un segundo: los franceses, y específicamente (para no generalizar) los parisinos. Menudos aires de grandeza. Se iban a bajar rápido al ver una rata como la que vimos en la estación de metro del Louvre….

Y que te voy a contar. Cenamos en los restaurantes más de moda, recomendados por varios amigos. Me encantó el Bound (¡gracias K por tu recomendación), que reune no sólo una estupenda carta sino la gente más guapa de París. Normalitos fueron Le Cabaret (donde se demuestra una vez más el carácter altivo parisino), y Barrio Latino (un Foster's Hollywood venido a más, pero poco más). La mayor tomadura de pelo, la del Kong, sin duda el restaurante de París con las mejores vistas (en un ático con techo transparente) y el peor servicio con una comida de dudosa calidad. (¿restaurante japonés con ensalada capresse?). Seguro que hace mucho que Kenzo - que tan bien cuida sus tiendas- no pisa la sexta planta de la rue du Pont Neuf.


También me apasionó el ballet en su nuevo espacio cercano a la Plaza de la Bastilla. Un Romeo y Julieta con una escenografía y una iluminación espectacular. Eso si, si puedes llévate un cojín para los riñones. (¿asientos cómodos en la ópera para qué?). Recomendable para ver a las señoras de largo y a los señores con smoking con olor a naftalina. ¡Gracias A por la invitación!


Así que cuatro días maravillosos con la mejor compañía ¿se puede pedir más? Y tú ¿también te cambia la percepción de las ciudades dependiendo de la compañía que lleves?

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