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sábado, diciembre 15, 2007

 

La crisis no existe: celebremos la navidad con conejo.


En mi periplo de buscar regalos de Navidad (qué es bonita y entrañable) dedico parte de mi tiempo a preguntar a l@s sufrid@s dependient@s qué tal van las ventas y sin duda la opinión, por una vez desde hace mucho tiempo, es unánime: la gente no compra ni un caramelo. Pero lo que aparentemente es una crisis con todas las de la ley, se traducible fácilmente (según el gobierno y suz máximoz representantez) en un cambio de costumbres: a comer conejo como locos que además de barato, es altamente afrodisíaco (aunque solo sea por el nombre, que nunca se a que me recuerda, y cuando me acuerdo no se a quién se le ocurrió el parecido).

Esto de la Navidad es un coñazo. Para todos menos para los niños a los que ilusiona sin límites. Este año ha sido la primera vez que me he atrevido a decorar dos de los árboles de la terraza con unas originales luces de Ikea (con formato de pelota de ping pong) y en la primera noche vino un huracán y se llevó las luces y el árbol…. Está claro que ya ni el tiempo atmosférico se pone de acuerdo conmigo. No se si lo de la crisis meteorológica es un bulo – dedicaré otro blog a hablar de los que se forran hablando del tiempo- pero está claro que las plantas de la terraza sufren cambios continuos con formatos de nubes, frío, sol y vientos hasta tal punto que dudo de su supervivencia hasta la primavera.


La decoración de Navidad es ya de por si horrible. Pero en España nos esmeramos en hacerla cuanto menos llamativa y excitante,.. Con lo fácil que es la sencillez (unas bonitas luces blancas que juegan bailando con el viento huracanado a la luz de la luna) y la gente se empeña en llenar árboles de espumillón para 3 segundos después encenderlo y ver cómo el arco iris aparece milagrosamente en el salón. Eso por no hablar de las fuentes, cagonets, molinos, ríos y hasta elefantes que decoran los bonitos belenes que inundan nuestras vidas. No quiero ni pensar qué haría Cristo si nada más nacer diera una vuelta por esos bonitos paisajes de luz, sonido y color. A lo mejor hasta se cumplía un milagro y hacía que todo desapareciera de una vez por todas para llenarse de telarañas en el trastero.

Y luego está la fiesta. Ese momento – también entrañable – en el que todo el mundo se desea lo mejor cuando realmente está pensando en cómo matar al cuñado que odia o como tirarse al / a la compi que le ha estado calentando todo el año. Las cenas de Navidad son tremendamente peligrosas y aburridas pero no por ello deseables. Como decía un amigo ayer en una presentación de una colección de joyas : ¿por qué voy a ir a cenar con alguien con quien no ceno en todo el año? Razón le doy.

Las felicitaciones son cuanto menos cursis como lazos rosas. La palabra próspero debería desaparecer del diccionario. Igual que banquete o gran comilona. ¿se nota que me voy a tener que saltar el régimen y me apetece seguir con mis 1.500 calorías diarias? Creo que el conejo puede encajar en mi vida, y por lo menos intentaré encajarlo en mi menú. Al fin y al cabo, sólo me queda atragantarme con uno de esos pequeños huesos y acabar en las urgencias de cualquier hospital con un atragantamiento compulsivo . Sin duda, tendré que agradecérselo eternamente a mi presidente, porque se que en el fondo, se ha acordado de mi y de estas entrañables fiestas. Y que viva el conejo. En el formato que sea. Pues anda que no hay recetas para saborearlo.

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